El fin de los grandes carteles, no habrá otro ‘Chapo’

A mediados de febrero, un jurado federal de Nueva York condenó a Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, excapo del poderoso Cartel de Sinaloa, de México, por diez cargos relacionados con tráfico de drogas. El Chapo quedó estupefacto, mientras su esposa se enjuagaba las lágrimas y las autoridades estadounidenses celebraban.

Para algunos, el veredicto es concluyente: “el reinado de criminalidad y violencia de Joaquín Guzmán Loera ha llegado a su fin”, expresó el director del FBI, Christopher Wray.

Para otros, es una reivindicación: “Se equivocan los que piensan que la guerra contra las drogas no merece la pena”, dijo Richard P. Donoghue, fiscal del distrito Este de Nueva York.

*Este artículo fue publicado con el permiso de Foreign Affairs. Vea el original aquí.

Algunos hablaron de heroísmo: “El veredicto de hoy”, afirmó la secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kirstjen Nielsen, “envía un mensaje inequívoco a los criminales transnacionales: no pueden ocultarse, no están fuera de nuestro alcance, y los vamos a encontrar y a traerlos ante la justicia”.

Otros más expresaron una sensación de alivio: “Para el jurado estaba claro que la enorme y multimillonaria empresa criminal de Guzmán Loera fue responsable de que las calles de Estados Unidos se inundaran con cientos de toneladas de cocaína y de otras drogas peligrosas como la heroína y la metanfetamina”, señaló el fiscal general interino Matthew Whitaker.

Todos estos funcionarios expresan diversas versiones de la popular narrativa sobre la guerra contra las drogas. Un capo todopoderoso construye un imperio criminal, dejando muerte y destrucción a su paso. Las autoridades lo persiguen, lo arrestan, lo encarcelan —y, en el caso de El Chapo, lo recapturan y encarcelan de nuevo después de que se escapó—, para finalmente condenarlo. El público se solaza con esta historia y la ve una y otra vez, primero en los noticieros de CNN y luego en las series de Netflix. Es una versión sencilla y comprensible que nos permite dormir tranquilos. También es falsa.

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La obsesión con El Chapo y sus hazañas, así como con sus socios y su cartel, refleja una visión anticuada del narcotráfico. La idea de que este negocio está dominado por organizaciones con una estructura vertical, cada una de las cuales es liderada por una sola mente maestra como El Chapo, es un mito —peligroso, por cierto— que puede afectar los esfuerzos internacionales para reducir el narcotráfico y combatir la violencia de grupos criminales como el Cartel de Sinaloa.

El nuevo comercio de drogas

Tomemos el caso del fentanilo. El mismo día en que El Chapo fue condenado, probablemente entre 60 y 100 personas murieron en diversas partes de Estados Unidos por sobredosis de fentanilo, un potente opioide sintético hecho en China, que suele ser traficado en México por las múltiples organizaciones criminales que existen en el país. En 2018, el fentanilo fue la causa de aproximadamente 30.000 sobredosis en Estados Unidos, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (Centers for Disease Control and Prevention, CDC).

Hacia 2013, el fentanilo representaba apenas una pizca del mercado de las drogas de Estados Unidos, pero hoy en día está remplazando a la heroína. Funcionarios del Departamento de Justicia de Estados Unidos me dijeron recientemente que los responsables de la oleada de fentanilo son dos grandes grupos criminales, el Cartel de Sinaloa y el Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG).

Sin embargo, un análisis más profundo permite identificar una amplia variedad de grupos estadounidenses, chinos, dominicanos, indios y mexicanos que abastecen el mercado de Estados Unidos, algunos de los cuales realizan sus negocios casi en su totalidad en internet dentro del territorio de Estados Unidos. El Chapo y su famoso Cartel de Sinaloa no son los responsables de esta transformación.

Y InSight Crime lo demostró en un reciente informe sobre el papel de México en el comercio de fentanilo, publicado con ayuda del Instituto de México del Wilson Center, eliminar a los carteles y a sus cabecillas no logrará retrasar esta transformación.

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El aumento de las drogas sintéticas, de hecho, está cambiando la estructura del mercado ilegal de estupefacientes.

Los carteles mexicanos fueron conformados para traficar drogas como la cocaína y la heroína, cuya producción requiere una mano de obra intensiva, son más rentables si se manipulan a gran escala y tienden a promover el surgimiento de organizaciones criminales grandes y centralizadas que pueden coordinar extensas redes transnacionales de producción y distribución.

Las drogas sintéticas, por el contrario, no requieren grandes inversiones para producirlas a partir de precursores químicos y, dado que son muy potentes, son rentables incluso si se producen a pequeña escala: un análogo del fentanilo, el carfentanilo, es aproximadamente 100 veces más fuerte que el fentanilo, que a su vez es unas 80 o 100 veces más potente que la morfina. En nuestro informe comparamos el tráfico de drogas sintéticas con la industria de los microchips, cuyas continuas innovaciones permiten la producción de aparatos cada vez más potentes en formatos cada vez más pequeños.

Dado que el fentanilo es tan potente, puede transportarse en pequeñas cantidades. Una gran parte del fentanilo producido en China es enviada directamente a Estados Unidos a través del correo postal. Incluso muchos precursores, también producidos en China, llegan directamente a Estados Unidos. Según varios funcionarios estadounidenses y expertos en salud que consultamos para nuestra investigación, este comercio directo de China representa la mayor parte del fentanilo en el mercado estadounidense. Una vez que las drogas llegan al país, son vendidas por pequeños expendedores en la web oscura, a través de servicios de mensajería cifrados, o en las redes sociales, excluyendo a los carteles totalmente.

Una parte del fentanilo y sus precursores sí pasa por México, pero lo hace a través de muchas manos antes de llegar a su mercado. Los dos puertos principales de México en el Pacífico, Lázaro Cárdenas y Manzanillo, son utilizados por varios grupos criminales que tienen contactos bien establecidos en Asia, gracias al tiempo que llevan produciendo otras drogas sintéticas, particularmente la metanfetamina. Los precursores llegan a los laboratorios en Sinaloa, pero también a la Ciudad de México y a algunos sitios del norte, como Baja California, donde se utilizan para producir fentanilo, que luego es transportado al por mayor a través de la frontera con Estados Unidos. También es posible que algunos de los precursores entren inicialmente a Estados Unidos y luego sean llevados a México para producir la droga al otro lado de la frontera, como lo ilustra un caso reciente.

Lo que hay entonces es una gran variedad de organizaciones involucradas. Una cantidad creciente del fentanilo que llega por México, por ejemplo, se camufla como oxicodona y otras píldoras de prescripción, pues a los vendedores no les interesa que los consumidores sepan que están tomando la droga más letal del mercado. Y aunque el mercado mundial de productos farmacéuticos falsificados es enorme, nunca ha sido del interés de grupos como el Cartel de Sinaloa —estos productos son más bien del dominio de organizaciones más pequeñas en zonas fronterizas como Tijuana, que atiende la costosísima demanda del mercado estadounidense—.

El fentanilo, debido a su potencia y a la relativa facilidad con que es fabricado y transportado, ofrece un claro ejemplo de las posibilidades de atomización del narcotráfico, aunque los mercados de drogas tradicionales, como la cocaína, la heroína, la marihuana y la metanfetamina, también se han fragmentado, en parte debido a la captura y enjuiciamiento de personajes como El Chapo. Pero aunque las fuerzas de seguridad de Estados Unidos, México y otros países han desempeñado un papel importante en esta atomización del narcotráfico, arrestar capos es muy distinto a desmantelar organizaciones criminales.

Un capo sin corona

Los grandes grupos criminales como el Cartel de Sinaloa y el CJNG son todavía poderosos y continúan siendo centrales en el tráfico de drogas. Ellos asumen una buena parte del riesgo que implica transportar drogas en grandes cantidades para venderlas al por mayor a redes más pequeñas dedicadas a la distribución en las calles. En el caso del fentanilo, por ejemplo, los carteles mexicanos venden la droga a grupos dominicanos que controlan gran parte del mercado del fentanilo y la heroína en Estados Unidos. Desmantelar a estos grupos de distribuidores debe ser parte de cualquier estrategia antinarcóticos.

Los días de los grupos criminales monolíticos y hegemónicos con líderes todopoderosos son cosa del pasado. Para las autoridades de Estados Unidos puede resultar excesivo dedicar los recursos de seis organismos federales al desmantelamiento de estos grupos, especialmente en la era de las drogas sintéticas.

Enfrentar las drogas ilegales requiere un enfoque holístico que busque comprender la complejidad del consumo de drogas y sus nefastas consecuencias en todos los ámbitos, desde el estado de derecho hasta la democracia. Durante el juicio de El Chapo, por ejemplo, los fiscales y el juez dedicaron muchos esfuerzos a refutar los testimonios acerca de que son las fallas sistémicas de la sociedad mexicana—la agobiante pobreza, la corrupción endémica o la democracia fraudulenta— las que permiten el desarrollo de los grandes grupos criminales y su penetración incluso en las instituciones del gobierno establecidas para combatirlos. Aunque algunas denuncias, como la de que el expresidente mexicano Enrique Peña Nieto recibió un soborno de US$100 millones de El Chapo, rayan con lo absurdo, el testimonio excluido llama la atención sobre problemas de la sociedad mexicana que van más allá de los carteles y que sin duda seguirán existiendo después de que estos desaparezcan.

El Chapo fue un capo rico y poderoso, y no hay duda de que su condena es un paso importante para reducir el poder de los carteles de México, pero resaltar su condición de capo perpetúa una narrativa falsa según la cual destruirlo a él y a otros similares va a resolver los problemas que plantea el tráfico de drogas. En realidad, condenar a un narcotraficante es casi lo mismo que sacar a una sola abeja de su colmena.

*Este artículo fue publicado con el permiso de Foreign Affairs. Vea el original aquí.